Contra las empresas farmaceuticas
Mientras la política local anda enrocada en prepotencias judiciales, honores mancillados, manifestaciones rojigualdas y demás sainetes televisivos, lejos de aquí, allá donde los problemas y la injusticia social hacen difícil la subsistencia e incluso la vida, se dirimen asuntos de auténtica trascendencia. En la India, el gobierno del país se enfrenta a la industria farmacéutica en su enésimo pleito. Razones: la ley preve que estas empresas preserven las patentes de sus productos, y en consecuencia su comercialización sobrevalorada, durante 20 años, tiempo que la legislación considera adecuado para que éstas recuperen las teóricas inversiones desembolsadas en concepto de investigación, producción y distribución. Transcurrido este tiempo, el producto queda liberado de la marca comercial con la consecuente y drástica reducción del precio, y haciéndolo asequible a la población desfavorecida que, oh casualidad, es la que más sufre los embates de la enfermedad. Sin embargo, tras estos 20 años, y ávidas de mayor beneficio, someten al producto en cuestión a un cambio mínimo en su fórmula cualitativa, creándose de facto un nuevo medicamento que a efectos legales nada tiene que ver con el anterior y que se verá eslavo de nuevo al periodo de 20 años de capitalización. De este modo tan doloso ha actuado la empresa Novartis, puntera en el sector, contra la que el estado indio ha emprendido acciones legales con el único fin de obtener la capacidad de fabricar esos mismos remedios sin marca que los grave y evitar las trampas legales a las que recurren las farmacéuticas para evitarlo. Lo que se decida en este juicio supondrá que, por ejemplo, un tratamiento contra el cáncer valorado en 27000 dólares pase a costar tan sólo 2000. O que plagas contemporáneas como el sida sean combatidas especialmente allá donde la economía impide el uso de preparados sometidos a la tiranía de las marcas.
Resulta paradójico contemplar como la industria farmacéutica, diseñada hipotéticamente para aliviar los achaques de nuestras más o menos tristes vidas, se convierte en ejecutora de millones de inocentes gracias a su caprichosa y egoísta discrecionalidad económica, practicando un depurado estilo de muerte por dejación.
No hace mucho, en una cena de amigos, una compañera aseguraba que la verdadera piedra filosofal, la auténtica panacea de la historia es el camino que nos lleva “del capital a lo social”. Recuerdo que los aplausos fueron más que los silencios entre los parroquianos, y que incluso podría considerar cierta genialidad en la máxima. Pero se me cae la teoría con un razonamiento muy sencillo: lo social no es una prioridad del capital y con el escenario arriba descrito queda meridianamente claro.
POSTDATA: los fascistas, cansados de ser verdugos, han decidido representar el papel de víctimas. Sobreactuando, sin método y con un guión repetitivo que cae en la tautología, no les da ni para un Goya. Y luego que el cine español es una mierda.
Resulta paradójico contemplar como la industria farmacéutica, diseñada hipotéticamente para aliviar los achaques de nuestras más o menos tristes vidas, se convierte en ejecutora de millones de inocentes gracias a su caprichosa y egoísta discrecionalidad económica, practicando un depurado estilo de muerte por dejación.
No hace mucho, en una cena de amigos, una compañera aseguraba que la verdadera piedra filosofal, la auténtica panacea de la historia es el camino que nos lleva “del capital a lo social”. Recuerdo que los aplausos fueron más que los silencios entre los parroquianos, y que incluso podría considerar cierta genialidad en la máxima. Pero se me cae la teoría con un razonamiento muy sencillo: lo social no es una prioridad del capital y con el escenario arriba descrito queda meridianamente claro.
POSTDATA: los fascistas, cansados de ser verdugos, han decidido representar el papel de víctimas. Sobreactuando, sin método y con un guión repetitivo que cae en la tautología, no les da ni para un Goya. Y luego que el cine español es una mierda.
